sábado, 9 de febrero de 2013

La causa de la división social argentina.



Por Agustín Laje (*)
Se ha vuelto una moda de los últimos tiempos aseverar que la sociedad argentina se ha resquebrajado y dividido en dos partes bien diferenciadas: kirchneristas por un lado, antikirchneristas por el otro. Y hay bastante de verdad en ello, habida cuenta de que el día a día nos ofrece numerosos casos de conflictos originados en visiones políticas contrapuestas e irreconciliables.

El problema en el que los analistas políticos incurren al tratar estos temas, no obstante, es que, hasta el momento, se han quedado en la superficie sin explorar el fondo de la cuestión. O más concretamente, han inspeccionado (y explotado) la anécdota pasajera, sin pensar en las causas profundas que le subyacen. Tal cosa ha sucedido, por ejemplo, con los recientes escraches a Amado Boudou y Axel Kicillof. Y tal cosa pasa siempre en los constantes y sonantes escraches públicos que efectúa Cristina Kirchner desde su Cadena Nacional contra distintos ciudadanos argentinos.
No caben dudas de que existe en la Argentina una sensación generalizada de división social. Y cuando decimos división, decimos ruptura; no decimos, en cambio, heterogeneidad, pues las sociedades son, por definición, heterogéneas. La división social excede a la heterogeneidad. Le incorpora conflicto en un grado tal, que logra hacer irreconciliables aquellas diferencias que antes eran tolerables y armoniosas.
La historia argentina es una historia de divisiones sociales. Desde la construcción de la organización nacional en el Siglo XIX, hasta nuestros días, sobrevienen períodos de enemistad declarada entre facciones. Pero no pretendemos encontrar aquí una raíz histórica a la división actual, pues ella es, en todo caso, evidente. Siempre hay un sustrato preexistente al cual la división se vincula.
El problema de toda división social estriba en su origen inmediato. ¿En qué dimensión hallar la causa de la división social argentina bajo el modelo kirchnerista? Esta es la pregunta que no sólo no ha sido contestada sino que, más aún, no ha sido debidamente formulada hasta el momento.
La causa, estimo, tiene que ver con la manera en que comprende la política el llamado “socialismo del Siglo XXI” o “neopopulismo”, al cual adhiere en forma flagrante el kirchnerismo. Esa comprensión de la política llevada a la práctica, termina por invadir la esfera social virtualmente en su totalidad, modificando el tenor de las relaciones sociales. Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, países subyugados por este mismo fenómeno ideológico, exhiben incluso mayores grados de división social y violencia política que nuestro país. Sucede que todos ellos llevan más años enrolados en este aggiornado socialismo.
¿Pero cuál es la compresión de lo “político” que tiene el socialismo populista contemporáneo? Responder esta compleja pregunta obliga examinar el pensamiento nada menos que de Carl Schmitt, jurista y doctrinario nacional-socialista, cuyas ideas hoy son retomadas por los teóricos del neopopulismo, principalmente por Ernesto Laclau, filósofo estrella del kirchnerismo. En efecto, Schmitt entendió en El concepto de lo “político” (1939) que la política se definía por la intensa relación entre amigos y enemigos: “La específica distinción política a la cual es posible referir las acciones y los motivos políticos es la distinción de amigo y enemigo. […] El significado de la distinción de amigo y enemigo es el de indicar el extremo grado de intensidad de una unión o de una separación. […] El enemigo es simplemente el otro… que significa la negación del modo propio de existir”.
La permanente construcción de enemigos (verídicos o ficticios) en la que se embarcan los caudillos del socialismo del Siglo XXI, a los que luego se dedican a perseguir y aplastar, responde a esta visión conflictiva de lo “político”. En efecto, aquellos no podrían concebir su existencia política si no fuera por la existencia de un antagonista que genere, precisamente, la situación política.
Además de esta curiosa definición de lo “político”, la nueva izquierda ha encontrado en el jurista nazi otros puntos en común y de gran interés como lo es el desprecio por la democracia republicana, que para Schmitt obstaculizaba el quehacer del líder con todas sus normas que deberían ser eludidas en virtud de la legitimidad ganada. Allí donde el teórico nacionalsocialista pensaba en el Führer, los populistas piensan hoy en los caudillos latinoamericanos. Ambos conciben la destrucción de la República como objetivo inmediato.
Finalmente, otro gran punto de contacto que encontró el populismo en Schmitt, es su concepción organicista de la sociedad, en la que subordina el individuo al Estado. Su concepto de Estado total refiere a “la identidad entre Estado y sociedad… en él todo es político”. La sociedad y el Estado se confunden en el totalitarismo, y la lógica política del amigo-enemigo que antes gravitaba principalmente en el Estado como unidad política, acaba por diseminarse en toda la sociedad.
¿No llegamos aquí a un punto crucial para comprender la causa de la división social en la Argentina? La causa está en la dimensión ideológica en la que se mueve el kirchnerismo, que ha hecho posible el resurgir de la enemistad. La relación de amigo-enemigo que primero acontece en un plano estatal, se termina derramando hacia la sociedad cuando el estatismo logra totalizar: algo que ciertamente está ocurriendo en nuestro país, y que se está haciendo francamente insoportable.

(*) Es autor del libro “Los mitos setentistas”, y director del Centro de Estudios Libertad y Responsabilidad.

La Prensa Popular | Edición 172 | Viernes 8 de Febrero de 2013
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