jueves, 28 de agosto de 2014

Las razones "ocultas" del paro de Moyano, que van más allá de reclamos por salarios, Ganancias y empleo.

Por Fernando Gutiérrez 
En su tercera medida, el líder gremial exhibe la contradicción entre su agenda de clase media y el tener que frenar a un grupo que amenaza al sindicalismo tradicional. Sabe que el Gobierno no puede resolver los pedidos de asalariados, pero otras cuestiones lo obligan a no quedarse quieto.
"Espero que la inteligencia les dé como para empezar a dar respuesta a los reclamos. Quiero pedirle encarecidamente y humildemente al Gobierno: presten atención a lo que expresa la gente, dejen de lado la soberbia, la actitud de maltrato", decía Hugo Moyano el 10 de abril pasado.
Era la conferencia de prensa luego del paro general -el segundo que la CGT convocaba durante el mandato de Cristina Kirchner- y el líder sindical reflejaba sentimientos encontrados.
Por un lado, la satisfacción por el alto acatamiento a la protesta. Por el otro, la confesión de que a pesar de lo masivo de la paralización, sabía que el Gobierno no revisaría ninguna de sus políticas.
Hoy, con retrospectiva, quizás hasta podría verse en ese discurso un mensaje cifrado, en el sentido de que lo mejor, para el Gobierno, era mantener una actitud dialoguista con él antes que arriesgarse a que ganaran espacio de poder los sectores que responden a la izquierda, y que suelen tener mayor protagonismo en momentos de crisis.
Lo cierto es que ahora, con los cierres de fábricas y las suspensiones de trabajadores ocupando los principales espacios de los medios de comunicación, el clima está mucho más enrarecido.
Los dirigentes "tradicionales" sufren una pérdida de influencia, al tiempo que aumenta la de las comisiones internas de las empresas, generalmente ligadas al sindicalismo de izquierda y mucho más proclives a la confrontación.
"La izquierda sindical -articulada a nivel de delegados de empresas en gremios industriales como la rama automotriz, metalúrgicos y alimentación-, controla casi un tercio de los gremios docentes en el ámbito regional y está organizada en torno a los partidos trotskistas", apunta el politólogo Rosendo Fraga.
Y agrega: "De todos ellos, el Partido Obrero es el más relevante y está teniendo un creciente protagonismo en los conflictos". En ese contexto, hay analistas que creen que la medida de Moyano es casi obligada.
Por un lado, no puede permanecer indiferente en un momento en el que los piquetes en la Panamericana, organizados por estas facciones, se han transformado en un evento cotidiano y, por otro, cuando el salario registra una fuerte caída en términos reales.
"Es posible que este paro tenga menos impacto que el anterior. Sin embargo, para Moyano era mayor el costo de no hacerlo que el de hacerlo, porque no puede quedar ante la opinión pública como adoptando una actitud pasiva", observa Marcos Novaro, director del Centro de Investigaciones Políticas.
Desde su punto de vista, el camionero está enviando mensajes en varias direcciones, y no necesariamente esté priorizando al Gobierno ni a la interna sindical, sino que puede estar pensando en la preservación de un rol político más allá de 2015.
"Moyano siempre fue muy perceptivo desde lo político y en un momento pre-electoral tiene la posibilidad de desplegar su proyección. Creo que, sobre todo, está pensando en posicionarse frente al arco peronista que piensa en la sucesión", agrega.
También Artemio López, uno de los analistas más cercanos a las posiciones del kirchnerismo, cree que Moyano tiene en mente un reposicionamiento ante la opinión pública, en un momento en el que la conflictividad social liderada por el sindicalismo de izquierda puede poner en riesgo su rol.
"Lo que estamos viendo acá es un problema netamente intragremial. El tema no es si el Gobierno satisface o no las demandas de los trabajadores, sino que la burocracia sindical tradicional, que no tiene el más mínimo contacto con las bases, pierde espacio frente al sindicalismo de izquierda", apunta López.
Su argumento va en línea con la postura del Gobierno, que en los últimos días parece más preocupado por el sindicalismo de izquierda que por la propia CGT opositora.
"Para los que me quieran correr por izquierda, los notifico: ¿A mi izquierda saben qué hay? La pared, nada más. A mí no me vengan a correr por ahí", desafió Cristina Kirchner en uno de sus últimos discursos, tras varias jornadas de tensión por manifestaciones y piquetes.
La frase deja en evidencia cuál es, en este momento, uno de los mayores temores del kirchnerismo: que en medio del clima social enrarecido por el aumento del desempleo, pueda llegar a ponerse en riesgo el apoyo político del núcleo de procedencia izquierdista y no peronista.
Es decir, ese "kirchnerista de Carta Abierta" que en las últimas semanas se ha venido sintiendo incómodo y con pocos argumentos para defender al Gobierno ante el deterioro económico.
Es por eso que, al decir de López, el foco del Ejecutivo es el de explicar que la actitud confrontativa de los líderes sindicales de la izquierda "lleva a que, en cada conflicto, los trabajadores se encuentren en un callejón sin salida".
Y, en un claro contraste con la preocupación que provoca en el Gobierno este nuevo sindicalismo en auge, la actitud de Cristina marca cómo ha ido perdiendo el temor hacia Moyano que, en algún momento, llegó a ser visto (sobre todo por Néstor Kirchner, que prefirió tenerlo como aliado) como el hombre que podía "paralizar el país".
En las últimas horas, cuando los funcionarios K se han referido al líder sindical, lejos de mostrar preocupación han apuntado claramente a la "chicana". Como las del jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, quien afirmó que, si no fuera por el inestimable servicio que les prestan los grupos políticos de izquierda con sus piquetes y cortes en autopistas y accesos a la Capital, el paro sería un fracaso.
El "ablande" de un sindicalista duro
No es que Moyano haya sufrido un deterioro en su capacidad de sabotaje. De hecho, nadie pone en duda la vigencia del cantito preferido de sus seguidores, ese que dice "Siga el baile, siga el baile/al compás del tamboril/ si lo tocan a Moyano/ les paramos el país".
A fin de cuentas, el líder sindical mantiene el poder sobre ciertos resortes vitales para la economía y el humor social: el transporte de carga por carreteras, la provisión de alimentos a los supermercados, el suministro de dinero a los cajeros automáticos, la distribución de combustible y la recolección de residuos.
Sin embargo, lo que parece haber cambiado es la disposición de Moyano a utilizar de manera plena su poder. Hoy lucen muy lejanos aquellos días en los que se lo comparaba con el legendario sindicalista estadounidense Jimmy Hoffa y cuando hasta se permitía fantasear en público con una candidatura presidencial.
Y parece haber quedado muy lejos de ese gremialista que, en 2012, irritó a Cristina al dejar sin nafta las estaciones de servicio, como forma de presionar por un alivio en el Impuesto a las Ganancias.
Lo cierto es que, si bien su poder e influencia siguen siendo los mismos, lo que ha cambiado es el contexto. Es en ese sentido que el discurso oficial sobre los intentos de conspiración parecen haber hecho mella.
En los últimos días, trascendió que el camionero prefirió hacer un único paro y que desestimó un plan de lucha con múltiples huelgas y manifestaciones que le presentaron sus aliados de la CTA, por miedo a que lo acusaran de causar desestabilización política.
Los analistas creen que, en alguna medida, la retórica nacionalista que ha enarbolado el Gobierno a partir del conflicto con los "buitres" pueda estar funcionando como un elemento disuasivo para las manifestaciones opositoras.
"La situación cambió luego del giro de Cristina, que privilegió radicalizarse y apostar al conflicto con los buitres. Eso le da mucho menos espacio a los reclamos sociales. Moyano está apretado entre la protesta dispersa y la presión por la polarización oficial que lo debilita", observa Novaro, de Cipol.
También Rosendo Fraga destaca que, pese a que la exaltación del nacionalismo no ha impedido las manifestaciones sindicales, sí ha conseguido atenuarlas parcialmente.
"El conflicto ha servido para que las protestas que iban a comenzar las dos centrales sindicales oficialistas, la peronista liderada por Antonio Caló y la de la izquierda de Hugo Yasky, se postergaran", argumenta. 
Un final anunciado
En todo caso, lo curioso del momento actual es que, aunque el contexto económico haya empeorado, ello no le ha dado a Moyano una mayor fuerza sino que, por el contrario, le ha puesto limitaciones.
Es algo que queda en evidencia cuando se compara el paro de hoy con los dos anteriores que la CGT convocara durante la gestión de Cristina.
El primero, en noviembre de 2012, ocurría durante el apogeo de los "cacerolazos" de los sectores medios de la sociedad, indignados por el cepo cambiario y las demostraciones de avance estatal sobre la actividad privada.
A partir de allí se produjo el "giro" de Moyano hacia una agenda reivindicativa "de clase media". Empezó a hablar de la inflación cuando antes la minimizaba y se refería a la suba de precios como un costo a pagar para garantizar el pleno empleo.
En aquel momento criticó además los efectos de la devaluación y de los recortes de subsidios a los servicios públicos, dos situaciones que castigan mucho más a la clase media -consumidora de artículos importados y de viajes- que al sector trabajador de bajos ingresos.
Y, para completar a la agenda sindical que el Gobierno califica como "funcional a la derecha", se incorporó el pedido de medidas contra la ola delictiva.
Se hace difícil para Moyano sostener un discurso afin a la clase media en un momento de caída del salario real y de aumento del desempleo.
¿Cómo conciliar la queja por el Impuesto a las Ganancias -que a fin de cuentas, como le gusta recordar a Cristina, no afecta ni al 20% de los trabajadores en blanco- con la defensa de los puestos de trabajo?
En la anterior recesión de 2009, el propio Moyano, cuando todavía era aliado de Cristina, había aceptado el argumento de la Presidenta en el sentido de que no era momento para presionar por subas salariales, porque eso podía poner en riesgo a las empresas y la prioridad era cuidar el empleo.
Se hace difícil y hasta contradictorio reclamar mayor presencia estatal para atender a los sectores desprotegidos y, al mismo tiempo, pedir menos presión impositiva. En definitiva, una situación a pedir de boca para el kirchnerismo.
Pero claro, Moyano, cuyo poder reside en el gremio camionero y afines, no puede desatender a sus bases.
Y ahí queda en evidencia las disparidades salariales que ha dejado la década K: los camioneros quedaron entre los ganadores y ahora sus protestas coinciden con los reclamos que hace la clase media típica. 
En definitiva, la reflexión de Moyano tras el paro de abril se verificó acertada: el Gobierno no dio satisfacción a ninguna de las reivindicaciones exigidas en ese  momento.
Y, de la misma forma, todo indica que no hay posibilidad alguna de que los temas planteados en el paro de hoy puedan tener respuesta.
Nadie prevé que Cristina quiera aliviar en el corto plazo el Impuesto a las Ganancias, ni mucho menos que pueda combatir la inflación por la vía de disminuir la emisión monetaria, necesaria para financiar el gasto público.
Tampoco parece haber voluntad de permitir una reapertura de paritarias en el sector privado.
Mientras tanto, pasará un nuevo paro para el registro histórico y Moyano seguirá haciendo equilibrio entre la oposición a un Gobierno resistido por la clase media y un avance izquierdista que amenaza su poderío sindical.


28-08-2014 

iProfesional.

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