miércoles, 4 de mayo de 2016

Estigmas de Isabel: la Reforma y su crítica a un Papa (5-8)

d. Cuarto estigma: la reforma católica
Los Reyes Católicos no sólo se preocuparon de extirpar el error sino también, y sobre todo, de coadyuvar a la reforma y purificación de la Iglesia.
Para el logro de semejante proyecto, juzgaron esencial que España pudiera contar con un grupo de excelentes obispos, dotados de lucidez y de coraje, capaces de impulsar la restauración moral de la sociedad. Y así en orden al nombramiento de los mismos, consideraron idóneo el presentar a la Santa Sede sus más ejemplares candidatos. La otra alternativa, es decir, de dejar a la Sede de Roma plena libertad en los nombramientos, resultaba altamente peligrosa, ya que con frecuencia se optaba desde allí por hijos o nietos de Cardenales, o por funcionarios de la Curia Romana que ni siquiera se interesaban por conocer el lugar al que habían sido asignados. 
En orden a concretar dicho proyecto, Isabel tenía siempre a su alcance un cuaderno donde escribía cuidadosamente los nombres de los sacerdotes de mayor cultura, honestidad y méritos. Era ese listado el que iba corrigiendo y presentando al Papa para cubrir los diversos cargos de las diócesis.
Paralelamente a la reforma del episcopado, la reina se preocuparía también por la reforma de los sacerdotes y religiosos. Eran muchos los monasterios relajados que debían reformarse, especialmente, a partir de la Peste Negra, bajo la cual muchos religiosos habían muerto, en ocasiones, por ayudar a sus víctimas. Pero: ¿qué relación había entre la peste y la relajación de la religión? Sucede que, a raíz de la carencia de vocaciones, la exigencia del nivel de aspirantes al sacerdocio o a la vida religiosa, había decaído (algo similar sucederá después en Francia, luego de la Revolución Francesa), lo que llevaría a que muchos de ellos, malformados, no recibiesen una adecuada formación o no se juzgase rectamente la idoneidad necesaria para tal oficio[1].
Isabel comenzó apoyándose en algunos conventos que ya vivían fervorosamente, como el de los observantes de San Benito de Valladolid o el de los Jerónimos. Otras Órdenes, como por ejemplo los franciscanos, tenían ya pequeños grupos internos que anhelaban la restauración de la vida religiosa. Para ello, cortó por lo sano, promulgando un edicto por el que prohibía a los clérigos jugar a los dados y vestir ropas de brillante colorido; los sacerdotes debían celebrar Misa al menos cuatro veces al año y los obispos tres; y se conminaba tanto a unos como a otros a no llevar una vida violenta o dedicada a las armas «a menos que se hallasen al servicio del Rey o de algún Príncipe de la sangre»[2].
Entre los más cultos, había quienes estaban inficionados por el espíritu renacentista (el mal espíritu renacentista, pues hubo uno que fue bueno); tal era el caso de Marsilio Ficino, maestro de Pico della Mirándola, que se dirigía con toda seriedad a su congregación «amados en Platón» en lugar de «amados en Cristo»[3].
La reforma había que hacerla y serían los Reyes y, especialmente la reina, la encargada para ello.
Con la intención de renovar el monasterio de Montserrat, se solicitó al Papa autorización para trasladar a la abadía benedictina, a cuatro fervorosos monjes que pudiesen estimular desde adentro la reforma; fue así como se recuperaría el fervor de aquellos benedictinos. Pero la cosa no fue del todo pacífica (en algunos monasterios incluso se llegó a las manos entre reformadores y reformandos).
El P. García Oro resume así el proyecto reformador respaldado por los Reyes: a) la selección de las personas que debían ocupar los principales cargos eclesiásticos; b) la obtención de la plataforma jurídica necesaria, mediante bulas pontificias, para llevarlo a cabo; c) el apoyo económico y administrativo, cuando era menester.
Para este designio tan sublime Isabel tuvo como colaborador a un personaje clave: el cardenal Cisneros.
Digamos algo del Gran Cardenal, como se lo llamó. Había nacido en 1456, y sintiendo el llamado al sacerdocio, hizo sus estudios en Salamanca, donde se graduó. Alto, delgado, de mirada profunda, era un verdadero hombre de Dios. Nombrado vicario general de la diócesis de Sigüenza, entró luego en la Orden de los Hermanos Menores, tomando el nombre de fray Francisco.
Cuando a raíz de la conquista de Granada, los Reyes Católicos nombraron a fray Hernando de Talavera como arzobispo de la nueva diócesis, Isabel perdió a su confesor. La reina necesitaba con quien consultar las cosas de su alma y allí fue cuando le recomendaron a fray Francisco Jiménez de Cisneros. La Reina quiso primero conocerlo, y concertó con él una entrevista en Valladolid, en mayo de 1492. Le pareció muy distinto del cordial fray Hernando, demasiado severo y adusto. Pero la misma resistencia del fraile a aceptar el delicado cargo, terminó por conquistarla. Así comenzó el irresistible ascenso de Cisneros, no sólo durante la vida de Isabel sino aún después de su muerte. En 1494 fue elegido provincial de Castilla y, a lomo de mula, recorrió toda España restaurando la disciplina religiosa de los conventos de su Orden, primero, y luego, por inducción de la Reina, de todas las casas de varones y los conventos de religiosas.
Al morir el cardenal-arzobispo de Toledo, Pedro González de Mendoza, Cisneros fue elegido en 1495 para relevarlo, no sin nueva resistencia de su parte. Su austeridad siguió siendo como antes, pero su impulso renovador se incentivó, llevando adelante la reforma con tanta energía que muchos religiosos, molestos por los cambios, lo enfrentaron, llegando incluso a protestar ante el Papa por sus modos intransigentes. Cuentan los cronistas que, en cierta ocasión, exaltándose más allá de la cuenta durante una discusión con Isabel, ésta le preguntó:
—¿Os dais cuenta con quién estáis hablando?.
A lo que el fraile respondió:
—Con la reina, que es polvo y ceniza como yo.
Esos sí que eran buenos pastores que no temían enfrentarse al poder del mundo.
Señalemos también aquí que la reforma de la Iglesia en España, precedió en casi un siglo a la llevada adelante por el Concilio de Trento. Ambos, Cisneros e Isabel, serían imprescindibles para que la Fe llegase después a América, en toda su pureza. Este tema no ha sido muy explorado, pero tiene consecuencias importantísimas para Latinoamérica, quien fue preservada —gracias a la reina y al cardenal— de muchos errores que en Europa surgirían en los siglos posteriores.
Fue también Isabel tan reformadora como Cisneros; se cuenta que a veces golpeaba ella misma a la puerta de algún convento de religiosas pidiendo asilo, ante el asombro de las enclaustradas. Se acomodaba y sentaba entre ellas, hacía sus labores en la rueca o las estimulaba con su ejemplo y su palabra para que volvieran al primitivo fervor.
El impulso católico de Isabel la llevaba a transmitir lo que vivía.
Pero la reforma no quedó sólo en el ámbito de los sacerdotes, religiosas u obispos; sino que llegó incluso al mismo papado por parte de Isabel. Sabía la reina que, el Papa era el vicario de Cristo y quien mandaba en cuestiones de Fe y moral («doctrina» se le llamaba antes) pero en el orden temporal o en el de la prudencia, podía tener pecados como cualquier cristiano de a pie.
La elevación al trono de Pedro de Alejandro VI (de algunas costumbres poco edificantes durante algún tiempo), puso a la reina en un aprieto. Isabel conocía bien a quien había sido antes el cardenal español, Rodrigo de Borja; ahora como sumo pontífice, le merecía el mayor de los respetos y sumisión religiosa, pero como hombre y pecador, no; y no estaba obligada a aprobar o callar conductas indignas de un prelado que causasen incluso escándalo a los fieles. Así, con motivo de haberse celebrado en Roma, con toda fastuosidad, las bodas de Lucrecia Borja, hija del Papa (nacida varios años antes de la asunción de éste al papado), Isabel citó al nuncio apostólico Mons. Francisco des Prats, a Medina del Campo, donde se encontraba la corte. Allí, con exquisita discreción (al punto que hoy se conoce esta reprimenda sólo por un informe secreto del nuncio al Papa, conservado en el Archivo Secreto Vaticano) luego de despedir a sus secretarios y ayudantes, presentó sus quejas:
La Reina me ha dicho que hacía días quería hablarme (…). «Me dijo que su Majestad tenía mucha voluntad y amor a vuestra Beatitud (…) que estuviese cierto de que no las decía con mal ánimo, sino con todo amor, y que se veía constreñida a hablar y tratar algunas cosas que de vuestra Beatitud oía, de las cuales, porque quiere bien a vuestra Santidad, recibía gran enojo y displicencia, mayormente porque eran tales que engendraban escándalo y podrían traer consigo algún inconveniente; concretamente, las fiestas que se hicieron en los esponsales de doña Lucrecia, y la intervención de los cardenales, es decir, del cardenal de Valencia (hijo de Rodrigo de Borja, el Papa) y del cardenal Farnesio y del cardenal de Luna; y que yo, de parte de su Majestad, escribiese a vuestra Beatitud, quisiera mirar mejor en estas cosas[4].
Católica sí; respetuosa del Papa sí; pero adoradora del Papa, no. Nada más lejos de Isabel que lo que se conoce con el nombre de papolatría; es decir, sabía distinguir bien el Papa del Papado y lo que era magisterio de lo que eran errores personales.
Hasta aquí entonces, el cuarto estigma de Isabel. Pero vayamos a lo más grande, es decir, no a los estigmas sino a las cruces de esta reina santa.


[1] Cfr. ibídem, 113-114.

[2] Ibídem, 132-133.
[3] Ibídem, 119.
[4] José María Zavala, op. cit., 214-215; las cursivas son nuestras.


(continúa)



Abr 11/2016

Publicado por quenotelacuenten

   

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