viernes, 5 de mayo de 2017

El protestantismo en el corazón de la subversión moderna.

Puede parecer que el protestantismo sea cosa del pasado. ¿Vale la pena entonces que se insista sobre él en tiempos en que ideologías mucho más avanzadas devastan el mundo contemporáneo?
En realidad, esta insistencia proviene de los papas. Durante más de un siglo ellos repitieron sin pausa que la Revolución es hija del protestantismo. Monseñor Delassus se hizo eco de ello al designar a la pseudo-Reforma como una etapa capital de la conjuración anticristiana[1]. Y el simple buen sentido comprueba con facilidad que el protestantismo fue quien expandió por todo el mundo cristiano el virus del liberalismo, que es el corazón de la Revolución.
El juicio de los papas
Desde 1793, luego del asesinato del rey Luis XVI, Pío VI afirmó que la Revolución que hacía estragos en Francia tenía su origen en el calvinismo. Él no dudó en hablar de conjura, de conspiración y de complot:
hacía tiempo ya que los calvinistas habían comenzado a conjurar en Francia para la ruina de la religión católica. Pero para alcanzar el término había que preparar los espíritus [...] Es en vista de esto que se vincularon con los filósofos perversos. La Asamblea General del clero de Francia de 1745 había descubierto y denunciado los abominables complots de todos estos artesanos de impiedad. Y Nosotros mismos, desde el comienzo de Nuestro pontificado[...] anunciamos el peligro inminente que amenazaba a Europa [...] Si se hubieran escuchado Nuestras descripciones y Nuestros consejos, no tendríamos que lamentar ahora el progreso de esta vasta conspiración tramada contra los reyes y contra los imperios[2].
León XIII, en su encíclica Diuturnum sobre el origen del poder civil, hace remontar al protestantismo los errores políticos de las sociedades modernas, señaladamente la soberanía del pueblo y la falsa noción de libertad:
De aquella herejía nacieron en el siglo pasado una filosofía falsa, el llamado derecho nuevo, la soberanía popular y una descontrolada licencia que muchos consideran como la única libertad. De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil[3].
León XIII insiste y precisa en su encíclica Immortale Dei que el protestantismo está en el origen de las libertades modernas y de aquello que los papas llaman el «derecho nuevo», aquel de la sociedad moderna que destrona a Cristo Rey:
Sin embargo, el pernicioso y deplorable afán de novedades promovido en el siglo XVI, después de turbar primeramente a la religión cristiana, vino a trastornar como consecuencia obligada a la filosofía, y de ésta pasó a alterar todos los órdenes de la sociedad civil. A esta fuente hay que remontar el origen de los principios modernos de una libertad desenfrenada, inventados en la gran revolución del siglo pasado y propuestos como base y fundamento de un derecho nuevo, desconocido hasta entonces y contrario en muchas de sus tesis no solamente al derecho cristiano, sino incluso también al derecho natural[4].
Monseñor Lefebvre sacaba esta conclusión:
Ved entonces cómo todo resulta lógico, cómo los papas han previsto todas estas cosas, lo han dicho con firmeza desde Pío VI en el tiempo de la Revolución hasta León XIII a fines del siglo pasado [...] Si tomáis todas las declaraciones de san Pío X en el momento del Sillon, veréis que tratan de lo mismo, siempre de lo mismo: ellos condenaron, condenaron, condenaron. Entonces nosotros debemos impregnarnos de esta doctrina para comprender también nosotros la nocividad de estos principios en los cuales, como sabéis, estamos como inmersos. Inmersos, infestados, desde el momento en que todas nuestra instituciones están infestadas de este espíritu de libertad: la libertad religiosa, la libertad de conciencia, la libertad del pensamiento, la libertad de prensa, la libertad de enseñanza[5].
El testimonio de monseñor Delassus

En su libro magistral La conjura anticristiana, monseñor Delassus resume las tres etapas de esta conjura según la fórmula de las tres «R»: bajo la influencia de la Cábala se recae en el naturalismo pagano en las artes (Renacimiento); luego, en la religión (Reforma); finalmente, en la política (Revolución).
La pretendida Reforma ha jugado el papel de una etapa en este proceso, pero de una etapa indispensable, como lo subraya Jacques Maritain, el Maritain de 1925 -vale decir, antes de su cambio de actitud luego de la condena de la Acción Francesa:
La revolución luterana, por el mismo motivo por el que pertenece a la religión, a todo a aquello que domina la actividad del hombre, debía cambiar de la manera más profunda la actitud del alma humana y del pensamiento especulativo de cara a la realidad. La Reforma ha desencadenado el yo humano en el orden espiritual y religioso, del mismo modo que el Renacimiento ha desencadenado el yo humano en el orden de las actividades naturales y sensibles[6].
Al comienzo del capítulo sobre «la Reforma, hija del Renacimiento», monseñor Delassus cita a Paulin Paris, un erudito ocupado en la Edad Media:
La Edad Media no era tan diferente a los tiempos modernos como se cree: las leyes eran diferentes, así como los usos y las costumbres, pero las pasiones humanas eran las mismas. Si uno de nosotros fuera transportado a la Edad Media, vería en torno de sí labriegos, soldados, sacerdotes, financieros, desigualdades sociales, ambiciones, traiciones. Lo que cambió es el fin al cual estaba dirigida la actividad humana[7].
Monseñor Delassus comenta:
No se podría decir mejor. Los hombres de la Edad Media eran de la misma naturaleza que nosotros, naturaleza inferior a la de los ángeles y, para más abundar, naturaleza caída. Tenían nuestras mismas pasiones y se dejaban llevar por ellas, a menudo a excesos los más violentos. Pero el fin era la vida eterna: los usos, las leyes y las costumbres estaban inspirados por ese fin; las instituciones religiosas y civiles dirigían a los hombres hacia su fin último, y la actividad humana estaba dirigida, en primer lugar, al perfeccionamiento del hombre interior.
En nuestros días –y aquí está el fruto del Renacimiento, la Reforma y la Revolución– el punto de vista cambió, el fin ya no es el mismo; lo que se quiere, lo que se busca, no por los individuos aislados sino por el impulso dado a toda la actividad social, es la mejora de las condiciones de la vida presente para alcanzar un mayor y más universal disfrute de la vida. Lo que hoy cuenta como «progreso» no es más aquello que contribuye a una mayor perfección moral del hombre, sino lo que aumente su dominio sobre la materia y la naturaleza, con el fin de ponerlas más completa y dócilmente al servicio del bienestar temporal.
La reforma de Lutero es protesta contra la civilización cristiana, protesta contra la Iglesia que la había fundado, protesta contra Dios de quien ésta dimanaba. El protestantismo de Lutero es el eco sobre la tierra del Non serviam de Lucifer. Éste proclama la libertad, la de los rebeldes, la de Satanás: el liberalismo [...] Todo lo que la Reforma había recibido del Renacimiento y que ella debía transmitir a la Revolución está en esta palabra: protestantismo[8].
Éste es, pues, un hecho constatado tanto por los papas como por los observadores del movimiento revolucionario: el protestantismo preparó la Revolución. Falta aún explicar la causa profunda.

Lutero pacta con Satanás, Leipzig, ca. 1535.
El protestantismo es el padre del liberalismo
La razón es, en el fondo, muy simple: el luteranismo difunde el liberalismo, vale decir, el corazón de la Revolución.
Lutero sufrió una doble influencia: el nominalismo y el agustinismo, los cuales, unidos al orgullo de Lutero, lo llevaron a constituirse en el padre del liberalismo.
El nominalismo es una deformación de la filosofía que tuvo comienzo poco después de santo Tomás de Aquino, señaladamente bajo la influencia de Guillermo de Occam (1281-1347). No existe una naturaleza universal, sino simplemente individuos. Si hablamos de naturaleza humana, es un simple nombre que no corresponde a realidad alguna. No existen sino individuos humanos.
Por consiguiente, no existe una ley natural. La única ley es la voluntad superior. Una voluntad arbitraria, ya que para Occam Dios es dueño de darnos los mandamientos que Él quiere: extremando el argumento, ¡podría darnos el mandato de odiar![9]
Tal concepción de la ley la desvaloriza y, finalmente, la vuelve despreciable. Para Lutero ésta deviene incluso insoportable.
Después de que Lutero se determinó a negar obediencia al Papa y a romper con la comunión de la Iglesia, su yo, a pesar de las angustias internas que aumentaron progresivamente hasta su muerte, estará desde entonces por encima de todo. Toda regla «exterior», toda «heteronomía», como dirá Kant, se convierte desde aquel momento en una ofensa intolerable para su «libertad cristiana». «No admito, escribe en junio de 1522, que mi doctrina pueda ser juzgada por nadie, ni siquiera por los ángeles. Quien no reciba mi doctrina no puede llegar a salvarse». «El yo de Lutero, escribía Moehler, era según él el centro en torno al cual debía gravitar la humanidad entera; se convirtió a sí mismo en el hombre universal en quien todos debían encontrar su modelo. En resumidas cuentas, se colocó en lugar de Jesucristo»[10].
Pero Lutero sufrió también la influencia del agustinismo. Él era monje agustino. La universidad de Wittemberg tiene por patrono a san Agustín. San Agustín es un converso que tuvo sus problemas para vencer sus pasiones. Esta es la razón por la que siempre tuvo la tendencia a describir con vigor las consecuencias del pecado original. Esta tendencia pesimista se va a acentuar en algunos de sus discípulos. Lutero exagerará aún más este pesimismo hasta pretender que no podemos evitar el ceder a nuestras pasiones. No tenemos más libertad; el libre arbitrio se transforma en siervo arbitrio. «El libre arbitrio ha muerto», «la concupiscencia es invencible», en el sentido de que ésta resulta siempre victoriosa.
¿Cómo salir de este pesimismo? Es en esta instancia que se pone el «evento de la Torre». Lutero recibió la revelación en la letrina del convento. «El Espíritu Santo me dio esta intuición en esta letrina»[11]. La solución es la «fe que justifica».
Nuestras obras son malas, ellas no tienen ningún mérito ante Dios, ellas más bien nos enorgullecen y así nos alejan de Dios. Pero Dios nos imputará la justicia de Jesucristo, y es por la «fe» que esta justicia nos será imputada:
Por encima de nuestra corrupción, Dios puede extender una capa, quiero decir los méritos de Jesucristo. Ésta será una justificación toda exterior, un revestimiento de mármol sobre la madera podrida de una cabaña. En el trabajo por alcanzar nuestra salvación está activo Jesucristo, y sólo Jesucristo; nosotros no tenemos que ser más que nosotros mismos. Querer cooperar con nuestras obras con aquello que está sobreabundantemente cumplido equivale a injuriarlo. ¿Y cómo obtendrá el hombre esta capa de parte de Dios, quiero decir esta atribución exterior de los méritos de Jesucristo? Por la fe o, para hablar con más exactitud, por la confianza en Dios y en Jesucristo. El hombre continuará produciendo frutos de muerte, pero por la confianza que estará en su corazón, merecerá que Dios le atribuya los méritos de Jesucristo. En definitiva: cuando sienta en sí mismo esta confianza, entonces tendrá la certeza de su salvación[12].
Lo mismo que nuestras buenas obras no sirven de nada para alcanzar nuestra justificación, así nuestras malas obras no la impiden. Justificación y pecado pueden coexistir en nosotros. No sirve de nada obrar el bien; el pecado no impide la salvación. En consecuencia, la ley moral resulta inútil y es abrogada.
Ella ha sido abrogada del todo y sin reservas, de manera que ya no podrá más ni acusar ni atormentar al fiel; doctrina de la mayor importancia que debe proclamarse desde los tejados, «ya que ella lleva el consuelo a las conciencias, sobre todo a aquellas oprimidas por el temor. Lo he dicho a menudo y lo repito una vez más, porque nunca será repetido a suficiencia: el cristiano que alcanza por la fe el beneficio de Jesucristo se encuentra absolutamente por encima de toda ley, está eximido de toda obligación relativa a la ley...».
Cuando San Pablo dice que por medio de Jesucristo somos libres de la maldición de la ley, evidentemente él entiende de toda ley, y ante todo de la ley moral, ya que es ésta sola (y no las otras dos categorías, la judiciaria y la ceremonial) la que acusa, maldice y condena a la conciencia. Decimos entonces que, allí donde Cristo reina por su gracia, el Decálogo no tiene ya el derecho de acusar y atormentar a la conciencia»[13].
De esta manera, entonces, el nominalismo de Lutero impulsó a éste a no reconocer la ley natural, y su teoría de la justificación por la fe lo impele a suprimir toda obligación de la ley moral. Así, a pesar de su pesimismo acerca de la libertad psíquica del hombre, Lutero instala el principio del liberalismo: cada cual hace lo que quiere.
Una Iglesia queriendo encuadrarlo, estrecharlo con coerciones intelectuales y legales, una regla moral que quiere dirigir, atar su voluntad: todo esto lo restringe, lo limita en sus actos. Todo esto es inútil y odioso.
He aquí la gran novedad, el gran descubrimiento que llevaba a Lutero al colmo de la alegría. Para celebrar este descubrimiento, él tiene páginas de un extraño lirismo. En lo sucesivo, él habrá acabado con el yugo de la ley y los tormentos de la conciencia. He aquí el Evangelio, es decir, la Buena Nueva que él venía a anunciar en nombre de Dios. Por espacio de siglos esta verdad había quedado escondida; la pobre humanidad había sido doblegada por la Iglesia romana bajo el yugo inútil y pesado de la penitencia, con la obligación de tender a la perfección a través de las obras personales. Lutero, por el contrario, venía a aprender a esconderse bajo el ala de Jesucristo, a elevarse -por la confianza, por el sentimiento, merced a un dulce ensueño- hasta el pie del trono de Dios.
Así es como resulta afirmada la independencia del nuevo profeta para con toda moral: al modo como un niño desnudo entregado a sus alegres retozos sobre una muelle alfombra despliega cándidamente todo su impudor[14].
Fátima para salvarnos de Lutero
Es fuerza constatar que el espíritu  del protestantismo ha penetrado por todos lados en nuestra sociedad posmoderna. El liberalismo ha entrado incluso a la Iglesia, y la Revolución conciliar, comenzada en 1962, se desarrolla sin vergüenza ante nuestros ojos, haciendo tabla rasa de los principios más elementales de la moral. El mismo papa ha ido a Suecia para dar inicio oficialmente, junto con los luteranos, a un «año de Lutero».
Más bien que el «año de Lutero», nosotros sugerimos festejar otro centenario: aquel de Fátima, donde la santa Virgen se apareció seis veces en 1917.
La santa Virgen es el «anti-Lutero», si vale expresarnos así. El monje pretendió que era imposible obedecer a  Dios, que la ley de Dios estaba por encima de nuestras fuerzas y que, hagamos lo que hagamos, no podemos salir del pecado  La santa Virgen, en cambio, obedeció a Dios; fiat: ésta es su divisa. Ella nos dice que obedezcamos a Nuestro Señor: «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2, 5). En Fátima, la santa Virgen mostró que se puede salir del pecado desde el mismo momento en que exhortó a las almas a convertirse y a cambiar de vida:
- Tendría muchas cosas para pediros, dijo Lucía: curar algunos enfermos y convertir pecadores, etc. - Algunos sí, respondió Nuestra Señora, otros no. Deben corregirse y pedir perdón por sus pecados.Y tomando un aire más triste: que no ofendan más a Dios, Nuestro Señor, que ya está bastante ofendido.
Fátima recuerda la necesidad de rezarle a la santa Virgen: el de notar que el rosario es mencionado en cada aparición; y la mediación de María es implícitamente recordada en el hecho de que la conversión de Rusia está ligada a la consagración al Corazón Inmaculado de María.
Todo esto está en los antípodas de la doctrina de Lutero, según la cual no es necesario rezarle a la santa Virgen, bajo pretexto de que no hay sino un mediador entre Dios y los hombres. Lo que implica olvidar que Jesús, el nuevo Adán, ha querido tener a su lado a una nueva Eva, María, a la que constituyó medianera de todas sus gracias. Por esto mismo, no rezarle supone dejar de honrar a Jesús y a su Madre.
No se puede menos que temblar al constatar que el papa Francisco instaló la estatua de Lutero en el Vaticano el pasado 13 de octubre, día en que se conmemora el gran milagro del sol. ¿No es esto, objetivamente hablando, una afrenta a la Madre de Dios?
Dios reclamó la práctica de los cinco primeros sábados de mes para reparar las cinco principales ofensas contra el Inmaculado Corazón. Entre estas ofensas se encuentran «las blasfemias de aquellos que se rehúsan a reconocerla como Madre de los hombres» y «las blasfemias de aquellos que buscan públicamente instalar en el corazón de los niños la indiferencia, el desprecio o incluso el odio respecto a esta Madre Inmaculada». Ahora bien, ¿no es esto aquello a lo que conduce la doctrina de Lutero y los protestantes?[15]
Felizmente, la Virgen María cuenta a menudo con «represalias» de madre, principalmente convertir a aquellos que la han ofendido, más bien que castigarlos. Así, durante la «vuelta al mundo», aquel viaje triunfal de la estatua de Fátima a través del mundo entero a partir de 1947, se han visto muy numerosas conversiones de protestantes.
Tratemos de replicar al año de Lutero con un año de Fátima, en el curso del cual recitaremos mejor nuestro rosario meditando los misterios, practicaremos la devoción de los cinco primeros sábados del mes y, sobre todo, aumentaremos nuestra devoción al Corazón Inmaculado de María pidiéndole especialmente el retorno de las autoridades conciliares a la Tradición y la conversión de los protestantes.



[1] DELASSUS Mgr Henri, La Conjuration antichrétienne – Le Temple maçonnique voulant s’élever sur les ruines de l’Église catholique, Lille, 1910.

[2] PÍO VI, Alocución al consistorio, 17 de junio de 1793.
[3] LEÓN XIII, Diuturnum illud, 29 de junio de 1881.
[4]  LEÓN XIII, Immortale Dei, sobre la constitución cristiana de los Estados, 1 de noviembre de 1885.
[5] Conferencia de monseñor Lefebvre, diciembre de 1973.
[6] Jacques MARITAIN, Trois Réformateurs, Plon-Nourrit, 1925, pp. 19-20
[7] Paulin PARIS, citado por mons. Henri DELASSUS, La Conjuration antichrétienne, p. 42.
[8] Mgr Henri DELASSUS, La Conjuration antichrétienne, pp. 42-45.
[9] Guillaume D’OCCAM, Commentaire sur les Sentences, II, q.15 et IV, q. 16 (Opera philosophica et theologica, t. 5, Saint-Bonaventure [N.Y.], 1981, p. 342 et 352, et t. 7, Saint-Bonaventure [N.Y.], 1984, p. 352).
[10]  Jacques MARITAIN, Trois Réformateurs, p. 20.
[11] Propos de table de Luther, citados en DTC « Luther », col 1207. Este artículo de DTC es del canónigo Jules PAQUIER (1864-1932), quien fuera el traductor de la obra maestra del padre DENIFLE, Luther et le luthéranisme.
[12] DTC « Luther », col 1229.
[13] DTC « Luther », col 1242.
[14] DTC « Luther », col 1246-47.
[15] Ver Philippe LEGRAND, Merveilles opérées par le Cœur Immaculé de Marie, éditions du Sel, 2006.



Editorial de Le Sel de la Terre nº 99, invierno 2016-2017

In exspectatione (3/5/17)

1 comentario:

  1. por favor, podrían consignar el autor de este artículo? Muchas gracias!

    ResponderEliminar