jueves, 27 de julio de 2017

Milongas polacas


por Juan Manuel de Prada
En el pudridero europeo empiezan a avistarse signos de rebelión: ha ocurrido en Hungría recientemente, está ocurriendo en Polonia en estos días.

De inmediato, las fuerzas del mundialismo movilizan a sus capataces y mamporreros.
En la serie reciente de entrevistas concedidas por Putin al cineasta Oliver Stone hay un pasaje en el que el presidente ruso se refiere con escaso entusiasmo a la llamada perestroika diseñada por el mundialismo y ejecutada por su capataz Gorbachov. A Stone le sorprende la actitud reticente de Putin, que interpreta como un síntoma de nostalgia soviética, y le pregunta si no considera positivo que Rusia se “modernizase”. A lo que Putin, muy prudentemente, responde que lo consideraría si esa modernización no hubiese atentado contra las tradiciones rusas. En otro momento de las entrevistas, Putin insiste que la principal misión de un gobernante consiste en proteger a su pueblo de injerencias y abusos extranjeros, en asegurar la independencia de su nación y en proteger las tradiciones que evitan su conversión en una colonia.
Que es, exactamente, lo contrario de lo que hacen los cipayos del pudridero europeo, siempre prestos a comulgar con las ruedas de molino que les imponen desde instancias supranacionales. Pero en el pudridero europeo empiezan a avistarse signos de rebelión: ha ocurrido en Hungría recientemente, está ocurriendo en Polonia en estos días. De inmediato, las fuerzas del mundialismo movilizan a sus capataces y mamporreros, para alimentar un clima de protestas sociales e inestabilidad política que someta a los gobernantes levantiscos. 
En Polonia el detonante ha sido una reforma del poder judicial que pretende que los magistrados del Tribunal Supremo sean designados por el ejecutivo (como ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos) y que los miembros del órgano de gobierno de los jueces sean elegidos por el legislativo (como ocurre, por ejemplo, en España). No seremos nosotros quienes defendamos estos apaños, de tanta solera y predicamento en regímenes democráticos. Pero, desde luego, en las amenazas que los capataces de Bruselas están lanzando contra Polonia, como en las manifestaciones agitadas por el mundialismo contra sus gobernantes, descubrimos enseguida un histrionismo con olor a chamusquina. ¿Por qué se lanzan desde Bruselas órdagos tan intimidantes contra Polonia? ¿Por qué la prensa internacional jalea y azuza los movimientos de protesta? ¿De veras alguien puede tragarse que sea porque los mandatarios polacos están tratando de aliñar una división de poderes de pacotilla, a imitación de las que rigen en cualquiera de las colonias del pudridero europeo?
Sólo quienes se chupan el dedo pueden tragarse intoxicaciones tan burdas. Hace apenas un año, el presidente polaco Andrzej Duda pronunciaba un solemne discurso, conmemorando los 1050 años del Bautismo de Polonia, en el que proclamaba solemnemente que su nación seguiría siendo fiel contra viento y marea a la herencia cristiana que ha definido su identidad: “Cuando nuestros enemigos intentaron destruir la Iglesia –dijo entonces Duda– para demoler la base de nuestra identidad, el pueblo polaco desafió esta intención y abarrotó los templos en búsqueda de su sentido de comunidad y dio testimonio de la perenne sabiduría de la decisión un día tomada por nuestros padres”. Seguramente los mandatarios polacos no sean unos santitos de peana (¡y puede que hasta hayan asimilado algunas picardías vigentes en las democracias de mayor solera y predicamento!), pero lo cierto es que están impulsando leyes que protegen a los trabajadores, fomentan la natalidad e impiden el adoctrinamiento infantil en los dogmas de la retambufa. Es esta defensa de la independencia de su nación y su adhesión a las tradiciones que la conformaron lo que pone a los capataces de Bruselas como a la niña del exorcista. Todo lo demás son milongas.

Publicado en ABC el 24 de julio de 2017.
ReL  (27/7/17)

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